Cambio climático y riesgo de inundación: por qué el pasado ya no es suficiente

Durante décadas, los estudios de inundación se han basado principalmente en el análisis de registros históricos de precipitación, caudales y niveles alcanzados por el agua. Esta información sigue siendo esencial para conocer el comportamiento de una cuenca, identificar los eventos más relevantes y estimar la probabilidad de futuras avenidas.

Sin embargo, en un contexto de cambio climático, el pasado ya no constituye, por sí solo, una representación fiable del futuro hidrológico de una cuenca. Los cambios en la intensidad de las precipitaciones, la frecuencia de los eventos extremos y la transformación del territorio modifican significativamente la respuesta de las cuencas. De esta manera, los registros históricos, aunque siguen siendo imprescindibles, ya no son suficientes como única base de análisis para estimar la probabilidad de ocurrencia de eventos futuros, ni para caracterizar adecuadamente el riesgo de inundación.

Esto obliga a complementar el análisis del pasado con la evaluación de escenarios futuros probables que permitan anticipar cómo pueden evolucionar los caudales, las zonas inundables y la eficacia de las infraestructuras existentes para responder y adaptarse a un contexto climático cambiante.

Precipitaciones más intensas y eventos más extremos

Uno de los principales efectos que debe considerarse es la posible modificación de la intensidad y distribución de las precipitaciones. Una gran cantidad de lluvia concentrada en un periodo corto puede superar rápidamente la capacidad de infiltración del terreno y generar una mayor escorrentía superficial; como consecuencia, el agua llega con mayor rapidez a los cauces, aumentan los caudales máximos y se reduce el tiempo disponible para activar medidas de prevención y emergencia.

La respuesta dependerá de las características de cada cuenca: la pendiente, la geología, la vegetación, la humedad previa del suelo, el grado de urbanización y los usos del territorio influyen en la transformación de la lluvia en escorrentía. Por ejemplo, en zonas urbanas, la presencia de superficies impermeables reduce la infiltración y acelera la llegada del agua a los sistemas de drenaje. En cuencas naturales, una sucesión de episodios de lluvia puede saturar el terreno y provocar que un evento posterior genere una respuesta mucho más intensa.

Por ello, no basta con analizar únicamente la precipitación acumulada, también es necesario considerar su duración, distribución temporal, extensión espacial y relación con las condiciones previas de la cuenca.

Cambios en la frecuencia de las inundaciones

Tradicionalmente, la delimitación de zonas inundables y el diseño de infraestructuras hidráulicas se han apoyado en eventos asociados a determinados periodos de retorno. Este enfoque parte habitualmente de la hipótesis de que las condiciones estadísticas observadas en el pasado permanecerán relativamente estables. Sin embargo, cuando las condiciones climáticas cambian, esta hipótesis puede dejar de cumplirse.

Una avenida considerada poco frecuente a partir de los registros históricos podría producirse con mayor recurrencia en el futuro. Del mismo modo, un episodio extremo podría superar los caudales utilizados originalmente para diseñar una infraestructura.

Esto no significa que los registros históricos dejen de ser válidos. Continúan siendo el punto de partida de cualquier estudio hidrológico, pero deben complementarse con escenarios que permitan evaluar cómo podría cambiar la frecuencia y magnitud de los eventos extremos. Por esta razón, los estudios deben analizar un rango suficientemente amplio de situaciones, incluyendo eventos frecuentes, avenidas extremas y escenarios futuros de cambio climático.

Aumento de los caudales y modificación de las zonas inundables

El aumento de la intensidad de las precipitaciones puede traducirse en mayores caudales máximos en ríos, ramblas, cauces urbanos y sistemas de drenaje. Este incremento puede provocar niveles y velocidades superiores, desbordamientos en zonas que anteriormente no se inundaban y una mayor presión sobre puentes, alcantarillas, encauzamientos y otras infraestructuras hidráulicas.

Además, el cambio no se limita necesariamente a la extensión de la superficie inundada. También pueden variar:

  • Los calados alcanzados.
  • Las velocidades del agua.
  • Las direcciones de flujo.
  • Los tiempos de llegada de la inundación.
  • La duración del anegamiento.
  • La peligrosidad para personas, edificios e infraestructuras.

 

Por tanto, un mapa de inundación elaborado únicamente a partir de condiciones históricas podría no representar adecuadamente la situación futura.

La modelización hidrológica e hidráulica permite analizar estos cambios mediante la simulación de distintos escenarios. Los modelos 1D y 2D reproducen el comportamiento del agua en los cauces y las llanuras de inundación, ayudando a identificar qué zonas pueden verse afectadas, con qué profundidad y velocidad, y cómo puede evolucionar la peligrosidad.

¿Seguirán siendo eficaces las infraestructuras existentes?

Muchas infraestructuras fueron diseñadas con los datos y criterios disponibles en el momento de su construcción. Puentes, colectores, drenajes, encauzamientos, defensas y zonas de laminación podrían ver reducida su eficacia si los caudales futuros superan los considerados originalmente.

Una infraestructura puede seguir siendo estable desde el punto de vista estructural y, sin embargo, dejar de proporcionar el nivel de protección previsto. Por ejemplo, un puente con capacidad insuficiente puede provocar un aumento de los niveles aguas arriba; un sistema de drenaje urbano puede verse sobrepasado por una precipitación más intensa; una defensa puede evitar la inundación de una zona, pero trasladar parte del problema hacia otro sector del sistema.

Por ello, las infraestructuras no deben analizarse de manera aislada, es necesario evaluar su funcionamiento con un enfoque integral de cuenca, considerando entre otros:

  • La capacidad hidráulica disponible.
  • El margen de seguridad frente a eventos futuros.
  • La posibilidad de obstrucciones o fallos parciales.
  • Los efectos aguas arriba y aguas abajo.
  • El riesgo residual que permanece después de la actuación.

Este análisis permite detectar puntos críticos y determinar si es necesario adaptar, ampliar o complementar las medidas existentes.

Adaptarse no significa únicamente construir más

La adaptación al cambio climático no debe basarse exclusivamente en la ejecución de nuevas obras. La gestión del riesgo de inundación requiere combinar medidas estructurales y no estructurales.

Entre las medidas estructurales se incluyen tanto las infraestructuras convencionales, como la mejora de los sistemas de drenaje, la ampliación de obras de paso, la construcción o adaptación de defensas y la creación de zonas de almacenamiento temporal, como las medidas basadas en la naturaleza. Estas últimas comprenden actuaciones como la restauración de cauces y llanuras de inundación, la recuperación de humedales, la revegetación de riberas o la renaturalización de espacios fluviales, que aprovechan los procesos naturales para reducir los caudales punta, aumentar la capacidad de laminación y proporcionar beneficios ambientales adicionales.

Las medidas no estructurales incluyen la ordenación del territorio, los sistemas de alerta temprana, los planes de emergencia, la regulación de los usos del suelo en zonas inundables y otras actuaciones orientadas a reducir la exposición y la vulnerabilidad frente a las inundaciones.

La alternativa más adecuada debe seleccionarse considerando tanto su capacidad para reducir el riesgo de inundación, así como su viabilidad económica, su impacto territorial y ambiental y su eficacia bajo diferentes escenarios futuros.

Una gestión del riesgo orientada al futuro

En iPresas abordamos el riesgo de inundación desde una perspectiva integral de cuenca, combinando el análisis hidrológico, la modelización hidráulica y la evaluación cuantitativa del riesgo. Este enfoque permite comparar la situación actual con distintos escenarios futuros, analizar cómo pueden variar la amenaza y las consecuencias potenciales, identificar las zonas e infraestructuras más sensibles y evaluar la eficacia de diferentes alternativas de mitigación.

El conocimiento del pasado hidrológico sigue siendo imprescindible, pero insuficiente de manera aislada para sustentar la toma decisiones a largo plazo. Incorporar el cambio climático a los estudios de inundación permite anticipar problemas, revisar el nivel de protección de las infraestructuras y avanzar hacia territorios más seguros, resilientes y preparados frente a los eventos extremos.